Los donuts "de la felicidad"

   Después de unas muchas semanas con ganas de hacer donuts, de haber comprado la máquina de Lidl (si alguien la quiere y no pudo comprarla, en Amazón está por solo un euro más), de hacer azúcar invertido, comprar cardamomo... por fin ayer me decidí con la receta de SandeeA, aunque me muero por hacer los de Goizalde, pero quería estrenar mi maquina de donuts, bueno que digo, de mini donuts, porque menudo chasco cuando la abrí y vi la dimensión de los roscos...




  No puedo negarlo, mi cara fue un primor cuando abrí la donutera, pero ahora que los he hecho debo decir que el tamaño no importa, quien habría dicho que diría esto alguna vez... porque lo que importa realmente es lo fácilmente que se hacen y lo buenos que están. Ahora bien, nada que ver con los comprados, por si alguien piensa que el resultado será el mismo, es más, si los comes sin glaseado son bastante insípidos, la verdad, pero una vez están perfectamente acabados el resultado es excelente, yo al glaseado de azúcar le he puesto aroma de vainilla y me ha parecido espectacular, además he teñido un parte con colorantes, por los niños (bien sabe dios que yo soy monocromática). Con el glaseado de chocolate, ni más líquido, ni más espeso, no he conseguido que endureciese, pero claro con la casa a 29º ya era misión imposible...




  Los domingos de lluvia son perfectos para quedarse en casa, Arnau y yo nos metimos en la cocina a preparar estos donuts, ya sabía que la masa era muy pringosa, pues anteriormente a estos hubo un intento de horno no recomendable, y a él le encanta amasar, así que dicho y hecho el primero en lavarse las manos para enredar...

  Todos los ingredientes están mezclados a mano en un bol y posteriormente pasados a la encimera para trabajar la mezcla, Arnau disfrutó, yo algo menos, esa pasta súper pegajosa no tenía intención de volverse algo comestible por más que estiraba, golpeaba, volvía a estirar... así que después de unos interminables y enganchosos diez o quince minutos decidí que ya era hora del levado, tapamos y reservamos y entonces llegó el desastre...





  Senté a Arnau en la silla para pasar el rato dibujando, resiguiendo, enganchando gomets... pero empujó la silla hacia atrás y ¡catástrofe! ésta se cae, golpe en el mentón con la mesa en cuestión de una milésima de segundo, solo puede llegar para evitar que su cabeza golpeara contra el suelo, de nuevo una brecha, otra vez a la mutua ¡en diez días! claro que caerse dormido de la cama y golpearse la frente con la mesita no estaba en las manos de nadie evitarlo, pero ¿otra vez puntos? no me lo podía creer, tanto me descompuse que la doctora nos dio una tregua y en lugar del punto que pensaba hacerle inicialmente le puso una buena tanda de puntos de aproximación, esas grapas adhesivas que ahora lo tienen condenado sin piscina durante unos cinco días, porque si los pierde tendrán que darle puntos y mi niño es muy valiente, pero vamos, adicto al dolor pues no.

  Al llegar a casa me enfrenté a la masa enganchosa, que ya no lo era tanto, unté mis manos en aceite (después de lavarlas se entiende) e hice pequeñas porciones que introduje directamente en la máquina ante la imposibilidad de hacerle un agujero, así que puse las bolitas en los orificios y cerré la máquina, aquello hacía un olor a harina cruda que asustaba, pero continué, no los dejé más de dos minutos como dice SandeeA, pero tampoco mucho menos pues quedan tan blancos que da repelús, lo cierto es que di al momento con la medida de las bolas y al sacarlos quedaban perfectos, ellos mismos marcaban el orificio central sin problema, y una vez fríos retiré la fina capa que lo tapaba con ayuda de una cañita sin dificultad alguna.



  La receta la podéis encontrar en este enlace, no he hecho ninguna modificación, más que agregar aroma de vainilla (doctor Oetker)  al glaseado de azúcar y lo recomiendo 100%.

  No hay nada como el sabor de lo hecho en casa, de lo amasado con las propias manos, y cocinado con tanta ilusión como cariño.